domingo 26 de octubre de 2008

22 de octubre

Me parece maravilloso tener unos días tranquilos. Me gustaría escribir un artículo largo sobre el “patriotismo” para la sección que llevo en el “Magazine” de LA VANGUARDIA. Es un tema vidrioso, porque la idea de nación y la vinculación emocional con ella en que consiste el patriotismo, han dado lugar a grandes tragedias históricas. La obsesión identitaria enfrenta inevitablemente. Hace un par de años, en unas jornadas a la que me invitó Jordi Pujol para hablar de la “sociedad de la responsabilidad”, propuse un nuevo modo de entender el nacionalismo que no estaría basado en la reclamación de derechos, sino en la asunción de responsabilidades. No podemos vivir desarraigados, en un espacio global, donde nadie se siente responsable de nada, más que de él mismo y de su realización personal o de una vaga y poco exigente responsabilidad hacia la humanidad. Hacerse responsable de lo cercano supone aprovechar las querencias de nuestro corazón que tiende lazos hacia lo próximo para fomentar conductas de ayuda y cooperación. Pero se trata de situarnos dentro de círculos concéntricos de responsabilidad: Soy responsable de mí familia, de mi barrio, de mi ciudad, de mi nación, de la humanidad entera. Esta es la teoría que expliqué en el libro de texto de “Educación para la Ciudadanía”, porque me parece conveniente que nuestros jóvenes la conozcan. Cualquier identidad que impida el paso a una identidad más amplia, se convierte, como dice el libro de Amin Maalouf, en una “identidad asesina”.
Creo que deberíamos construir un sentimiento de “patriotismo” que no sea excluyente, pero que proteja contra el desarraigo. Irenäus Eibl-Eibesfeldt, el antropólogo contemporáneo que siento más cercano, dice algo parecido en “La Sociedad de la Desconfianza”. Defiende un “patriotismo crítico”. Yo defiendo un patriotismo abierto.
Escribí mi artículo mensual para ESCUELA, sobre un tema que me preocupa mucho.


23 de octubre

Fui al pueblo de Herencia, en Ciudad Real, para dar la conferencia de inauguración del curso escolar. Herencia es un sereno pueblo manchego, de casas bajas y encaladas, con dos espectaculares iglesias del siglo XVIII, que demuestran la poderosa presencia de la Orden de la Merced. Es una mezcla de tradición y modernidad. El seminario mercedario continua abierto, pero convertido en centro de enseñanza secundaria. En la puerta de un supermercado leí un letrero un poco anacrónico “Hay pan tierno”. Y en la fachada de la iglesia una lápida encabezada por una inscripción que había olvidado: “Caídos por Dios, España y su revolución nacionalsindicalista”. Así se llamó, al menos al principio, el régimen franquista: nacionalsindicalismo. Frente a estos vestigios del pasado, encuentro un “Centro Carpe Diem”. Me acerco a ver lo que designa el lema horaciano y compruebo que es un Centro para discapacitados. Me parece conmovedor. También me lo parece el entusiasmo por la educación de todo el pueblo. Les hable del aprendizaje como experiencia cumbre, y de la necesidad que todos tenemos de sentir que progresamos en algo.

25 de octubre


Participo en el programa “No es un Día Cualquiera”, que dirige mi amiga Pepa Fernández. El tema es “la venganza”. Venganza –vindicare- significa la reclamación de un derecho y, derivadamente, el castigo cuando un derecho se conculca. El “La Lucha por la Dignidad”, María y yo estudiamos la historia de la venganza. Es muy llamativo que todas las culturas hayan tenido miedo a la violencia desatada y hayan limitado con reglas estrictas la venganza. Se limitan las causas que permiten la venganza, y también el lugar y el tiempo para llevarla a cabo. En todas las culturas, un acto criminal rompía el equilibrio social, que debía ser restaurado mediante una compensación o un castigo. La Ley del Talión –“ojo por ojo y diente por diente”- introdujo una medida en la revancha. Un ojo por un ojo. No más. Al final, para evitar la ruptura social, las venganzas sin término, el Estado se hizo con la exclusiva del castigo.
Aparece en LA VANGUARDIA, el artículo “Pasear”.